Crónica sobre una banda que entendió que el rock todavía puede dejar cicatrices
Hay discos que buscan gustar. Otros intentan encajar en una playlist, sobrevivir un par de semanas en redes sociales o transformarse en el fondo musical perfecto para consumir rápido y olvidar más rápido todavía. Y después aparecen bandas como SKUL, que parecen venir desde otro lugar. No desde la nostalgia vacía, ni desde el revival forzado, sino desde esa vieja necesidad que alguna vez tuvo el rock: incomodar, sobrevivir y dejar marcas.
Desde la región de Valparaíso emerge esta agrupación que acaba de integrarse al catálogo de Module Records con una propuesta que no intenta disfrazar sus influencias ni suavizar su discurso. SKUL entiende perfectamente que el rock no necesita reinventarse desde la pose intelectual ni desde la hiperproducción digital. Lo que necesita es verdad, tensión y canciones capaces de sostenerse incluso cuando se apagan los amplificadores.
Fundada en 2024 por Alonso G. Martínez, la banda encuentra su fuerza precisamente en el contraste entre formación académica y visceralidad callejera. Martínez, licenciado en Artes, Tecnología y Gestión Musical de la Universidad de Valparaíso y técnico en sonido de DUOC, canaliza toda esa preparación hacia composiciones que jamás se sienten clínicas o calculadas. Muy por el contrario: en SKUL todo parece construido desde la tensión emocional, desde la experiencia acumulada en escenarios pequeños, bares oscuros y conversaciones largas después de la madrugada.
A su lado aparece Gabbo Zamora, responsable de una base rítmica precisa y demoledora, mientras la guitarra de Mauricio Acuña aporta esa sensación de peligro permanente que solo entregan los músicos curtidos en el circuito del rock en vivo. Hay técnica, sí. Pero jamás exhibicionismo. Cada instrumento parece estar al servicio de la atmósfera y del relato.
Y ahí está precisamente uno de los mayores aciertos de SKUL: comprender que el rock no solo se escucha, también se habita.
La banda recoge elementos del ADN clásico de AC/DC y cierta elegancia decadente cercana a Velvet Revolver, pero filtrándolo todo a través de una sensibilidad mucho más oscura y contemporánea. Hay post-punk, hay rock alternativo, hay melancolía urbana y también una profunda sensación de desencanto generacional. Todo eso conviviendo bajo una producción que privilegia la atmósfera antes que el exceso.
SKUL ya comenzó a incendiar escenarios importantes de la quinta región, pasando por espacios emblemáticos como El Huevo y Journal, consolidando lentamente una reputación que se sostiene mucho más en la experiencia en vivo que en estrategias de marketing. Porque si algo queda claro al escuchar este EP, es que la banda no parece interesada en transformarse en un producto cómodo.
Lo suyo es otra cosa.
“Amor y Plata”: corrupción emocional bajo luces de neón
La apertura del EP funciona como una declaración estética inmediata. “Amor y Plata” toma el imaginario clásico de los amantes criminales y lo traslada a una versión profundamente contemporánea: una pareja vinculada al mundo político que planea una estafa para escapar antes de que el sistema termine devorándolos.
Pero SKUL evita completamente el panfleto o la denuncia evidente. La canción se mueve más cerca del cine noir que del comentario político directo. Todo ocurre entre oficinas vacías, luces frías, silencios incómodos y una paranoia que avanza lentamente.
Musicalmente, el tema construye una atmósfera elegante y sofocante. Las guitarras reverberadas generan una sensación permanente de amenaza silenciosa, mientras la base rítmica sostiene el pulso con una contención casi cinematográfica. Hay algo profundamente nocturno en la producción: como si la canción estuviera ocurriendo a las cuatro de la mañana, en una ciudad donde nadie duerme realmente.
La voz transmite desgaste, deseo y complicidad criminal al mismo tiempo. No necesita exagerar emociones porque la tensión ya está instalada en la instrumentación. Y ahí aparece una de las mayores virtudes del grupo: entender que muchas veces el peligro más efectivo no es el que explota, sino el que permanece contenido.
“Amor y Plata” termina funcionando como una reflexión sobre la relación entre amor, ambición y poder. No habla únicamente de dinero. Habla de personas intentando escapar de estructuras que terminan destruyéndolas lentamente.
“Las Máscaras”: la belleza decadente de la bohemia
Si “Amor y Plata” mostraba la corrupción institucional, “Las Máscaras” desciende directamente hacia la corrupción emocional.
La canción retrata la vida nocturna como un espacio ambiguo: un refugio construido sobre excesos, apariencias y personajes artificiales que intentan ocultar el vacío cotidiano. SKUL entiende perfectamente la estética de la decadencia urbana. Pero más importante aún: entiende su humanidad.
No hay juicio moral en la canción. Nadie parece condenar la bohemia porque la banda sabe que muchas veces esos espacios funcionan como la única forma posible de supervivencia emocional.
Las guitarras crean paisajes fríos y envolventes mientras la batería sostiene una ansiedad permanente que jamás termina explotando del todo. Hay ecos del post-punk melódico, ciertas sombras darkwave y una sensibilidad cercana al rock alternativo latinoamericano más introspectivo.
Sin embargo, lo más interesante ocurre en la narrativa visual. “Las Máscaras” convierte escenas aparentemente cotidianas en símbolos de desgaste emocional. Cada conversación superficial, cada exceso y cada noche eterna parecen esconder personas derrumbándose lentamente detrás de personajes cuidadosamente construidos.
La canción avanza como una caminata solitaria por una ciudad cansada de sí misma.
“Huellas”: el deseo desesperado de trascender
“Huellas” probablemente sea la composición más representativa de la identidad de SKUL. Porque detrás de toda su oscuridad, detrás de las historias de excesos y corrupción, aparece finalmente la gran pregunta que atraviesa a toda banda: ¿qué queda después del ruido?
La canción habla sobre artistas que pasan fugazmente por la música sin dejar una marca real, sobre carreras que desaparecen antes de convertirse en memoria colectiva. Y frente a eso, SKUL plantea una postura frontal: hacer música para dejar huella.
No desde la arrogancia. Desde la necesidad.
Dentro de esa narrativa también aparece nuevamente el imaginario político y criminal de los amantes que intentan escapar manipulando el sistema, pero aquí funciona más como símbolo del deseo de romper estructuras que como relato central.
Musicalmente, “Huellas” profundiza la estética oscura del EP, mezclando intensidad emocional con una sensación constante de movimiento. Todo parece avanzar entre ansiedad, rebeldía y búsqueda de sentido.
La canción termina transformándose en una especie de manifiesto artístico. Una declaración sobre permanencia, identidad y resistencia cultural dentro de una escena donde muchas veces todo parece durar apenas unos meses antes de desaparecer bajo el siguiente algoritmo.
“El Teatro”: rabia social convertida en canción
Aquí el disco deja definitivamente cualquier ambigüedad y entra de lleno en el territorio de la crítica social.
Inspirada en las consecuencias humanas y políticas posteriores a los incendios que golpearon la zona en 2024, “El Teatro” utiliza la metáfora del espectáculo para retratar la manera en que el poder administra tragedias, discursos y apariciones mediáticas.
La política aparece convertida en una obra interminable donde cada conferencia de prensa, cada promesa y cada movimiento institucional parecen parte de una representación cuidadosamente ensayada mientras las personas enfrentan el abandono real.
SKUL no intenta esconder su rabia. Y quizás por eso la canción funciona tan bien.
Porque lejos de transformarse en una consigna vacía, logra canalizar un sentimiento profundamente reconocible: la sensación de vivir dentro de sistemas donde muchas veces importa más la imagen que las consecuencias humanas.
La crudeza instrumental acompaña perfectamente ese discurso. Las guitarras se sienten tensas, incómodas y agresivas, mientras la interpretación vocal transmite cansancio, frustración y desencanto colectivo.
“El Teatro” convierte el rock en herramienta de memoria.
Y en tiempos donde buena parte de la música parece evitar cualquier incomodidad política, eso ya resulta valioso por sí solo.
“Quiero Ser”: el himno silencioso de quienes no quieren renunciar al arte
El cierre del EP probablemente sea también su momento más humano.
“Quiero Ser” aborda el conflicto que atraviesa a miles de artistas jóvenes: la tensión permanente entre perseguir una vocación creativa o adaptarse a una vida diseñada únicamente para sobrevivir económicamente.
La canción habla de presión familiar, expectativas sociales, miedo al fracaso y desgaste psicológico. Pero lo hace desde un lugar profundamente honesto. No romantiza el sufrimiento artístico ni convierte la precariedad en épica.
Lo que hace es mucho más complejo: retratar el vacío que produce abandonar aquello que uno realmente quiere ser.
Musicalmente, SKUL mantiene toda la intensidad del disco, pero permitiendo que la vulnerabilidad tome protagonismo. La canción respira honestidad. Y quizás por eso conecta tan fácilmente con músicos, artistas y creadores que alguna vez sintieron que el sistema les pedía renunciar lentamente a sí mismos para poder encajar.
“Quiero Ser” termina funcionando como una declaración de principios para la banda. La decisión de seguir creando incluso cuando hacerlo parece ir en contra de toda lógica práctica.
SKUL y la necesidad de volver a sentir peligro en el rock
En una escena saturada de proyectos construidos para durar exactamente lo que dura una tendencia digital, SKUL aparece como una anomalía necesaria.
No porque inventen algo completamente nuevo. El verdadero mérito está en otro lado: entender que el rock todavía puede ser emocionalmente peligroso. Que todavía puede hablar de corrupción, vacío, rabia, identidad y fracaso sin sonar impostado.
El EP de SKUL no busca caer bien. Busca permanecer.
Y quizás ahí esté la razón por la cual esta banda comienza lentamente a convertirse en uno de los hallazgos más interesantes surgidos recientemente desde Valparaíso. Porque mientras muchos artistas parecen obsesionados con sonar correctos, SKUL todavía entiende algo fundamental: las canciones importantes no siempre nacen para acompañar el momento. A veces nacen para perseguirte después de que termina la música.






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